Permitirse el dolor


¿Qué pasaría si diariamente toda la suciedad de tu casa la escondieras debajo de una alfombra? probablemente al principio nadie lo notaría y sólo tu lo sabrías.

Puedes elegir no contarle a nadie y hacer como si todo fuera normal, como si no pasara nada. Pero llegará un momento, tarde o temprano, que la situación se saldrá de control. En que comenzará a notarse algo raro debajo de la alfombra, y tu cada vez tendrás que hacer más esfuerzo para que pase desapercibido, ya sea tratando de aplanar la alfombra o dando muchas explicaciones absurdas para evitar que la gente descubra lo que haces. Puede que llegue un momento en que prefieras evitar que la gente entre a tu casa, y prefieras estar solo o compartir sólo en otros lugares. Pero sigue siendo agotador el esfuerzo, ya que aún tienes que darle explicaciones a tu familia, tratar de normalizar la situación...

y según la cantidad de suciedad y el tiempo que lleves acumulando, puede que llegue un momento que no quede espacio para que nadie entre a esa habitación... y cada vez sea más y más agotador... y en algún momento puede que se sobrepase la habitación y llegue a otras áreas de tu casa.

No sabes que hacer. Pides ayuda pero no sabes qué hacer con toda la basura que has acumulado, te dicen que es necesario que te deshagas de ella pero es cansador tan solo imaginar todo el esfuerzo que eso supondría... además de que al ser tanto puede que los otros se enteren y que todo el esfuerzo de años por ocultarlo finalmente sea en vano.

Pasa lo mismo con la pena. Es algo que a lo mejor prefieres no ver o te enseñaron a ocultar. Si eliges no permitirte vivirla, empiezas a acumularla en algún lugar de tu cuerpo. Puedes ocultarla de todo el mundo, incluso de ti mismo, pero en el fondo sabes que está ahí. Y poco a poco el cuerpo comienza a quejarse, empieza a doler, comienza a notarse y es cada vez más agotador ocultarla. Puedes querer que se vaya, pero por más que te esfuerces en ocultarla no se va. Y te vas alejando de las otras personas, tal vez físicamente, tal vez sólo estableces contactos superficiales, siempre aparentando para que nadie se de cuenta. Es una cantidad enorme de energía invertida en que nadie se cuenta. En ponerte una máscara para que los demás crean que todo está bien, que tu estás bien, que estás feliz. Y cada vez es más, y se siente más y ya no sabes que hacer con ella. Te da miedo hasta mirar que hay ahí. No sabes cómo sacarla porque parece ser tanto que parece que si abres la puerta a la emoción estarás así para siempre.

¿Existe alguna forma que tu casa esté siempre limpia sin que nadie se encargue de sacar la suciedad? No. Que tu casa esté sucia es inevitable, y probablemente el que se ensucie constantemente quiere decir que hay vida adentro. En el caso de tu casa puedes delegar esa tarea a otras personas y pagar por ello, pero eso no significa que no se ensucie.

¿Asimismo, existe alguna forma de estar siempre alegre y nunca sentir pena? No. La alegría y la pena son partes de la vida. Justamente estas oscilaciones emocionales son las que nos hacen estar vivos!!! las que nos hacen sentirnos vivos!!! sentiiiiiiiirnos! vivos!

La analogía anterior es buena, en cuánto permite darse cuenta el esfuerzo y agotamiento innecesario de acumular dentro una emoción y aparentar que no está. Sin embargo, la pena no es como la basura. La basura para muchos serán desperdicios, cosas que no sirven, desechos, algunos reciclables y otros más menos reutilizables. Pero la pena a pesar de ser socialmente considerada una emoción "negativa", no es ni un desecho, ni algo inservible ni tampoco es reciclable. La pena está ahí para mostrarnos algo, para mostrarnos que estamos heridos por algo, que esa herida duele y que tenemos que hacer algo para que nos deje de herir y poder sanar. Al igual que en una herida física, el dolor nos ayuda a darnos cuenta que algo no está bien, que tenemos que hacer algo para que pare de sangrar, para limpiar, desinfectar y dejar que se cierre sin exponer la herida a que se abra más. Si no sintiéramos dolor, podríamos cortarnos, enterrarnos cosas, quemarnos, quebrarnos algún hueso y seguiríamos igual, exponiéndonos mucho más a infecciones, a perder movilidad, e incluso a morirnos. El dolor es entonces una señal de que me pasa algo, que estoy herido y tengo que protegerme y cuidarme. Lo mismo con la pena, cada pérdida, rechazo, desilusión, dificultad, pueden herirme y si mi actitud es hacer como que no pasa nada, me expongo y dificulto la sanación de esa herida... y ocurre lo mismo si se que pasa algo y lo reconozco pero intento evitar contactarme con eso y lo escondo. Para sanar nuestras heridas emocionales es necesario permitirse el dolor, y la pena que conlleva. De lo contrario tenemos una herida propensa a ser infectada y enfermarme, somatizar o caer en depresión, o una herida que al más mínimo roce vuelve a abrirse y no puede cicatrizar.

Cuando tenemos una herida necesitamos protegernos para no seguir siendo heridos. Y en ese intento de protección es que a veces nos acorazamos, pero en vez de protegernos de lo que nos hiere nos protegemos de sentir dolor. Como si el dolor fuese el problema. Y el dolor es justamente el indicador que me da la oportunidad de hacer algo para cambiar aquello que me está doliendo, para soltar lo que necesito soltar, cambiar relaciones, aspectos de mi, de mi vida, y aprender. Entonces para poder sanar realmente la herida es necesario transitar el espacio de dolor y vivir plenamente la pena.

¿Es fácil expresar la pena? No, no es fácil. Es difícil habitar la vulnerabilidad, porque creemos que estando vulnerables nos pueden herir más fácilmente, porque asociamos el estar vulnerables con el ser "débiles", porque nos imaginamos que es tan grande la pena que no podremos dejar nunca de llorar. Pero una vez que se traspasan esas expectativas y se empieza a vivir la pena, mientras más se avanza en ese camino, más se comprende que esos miedos no eran reales. Ser vulnerables no me deja desvalido ni débil, y no hay dolor eterno. El dolor es parte de nuestra esencia como seres humanos. Y no dura para siempre, todo está en constante cambio, y así como la tristeza viene, si te permites sentirla, así también pasará. Si te quedas pegado en una emoción es justamente porque no te permites vivirla, porque la rechazas, la evitas apenas aparece, pero no porque cierres los ojos y no la quieras ver, ella se irá. Y si por el contrario, te permites vivenciarla, tu organismo puede volver a equilibrio. Y este es un paso necesario para soltar, para desapegarse de aquellas situaciones dolorosas, de aquellas pérdidas que hemos vivido a lo largo de nuestra vida... un paso necesario para resignificar lo vivido, para llevarnos lo que nos enriquece y seguir con nuestra vida.

Puedes elegir el camino que tu quieras. Pero asume que tu lo elegiste. Si eliges vivir agotado, sosteniendo tu dolor, evitando vivirlo, pegado en el pasado, somatizando... es tu decisión. Si eliges vivir de otra manera, por mucho que sea el dolor acumulado, siempre es posible reestablecer el equilibrio. Y si estás dispuesto a conocerte, a atravesar el dolor, a ser honesto contigo mismo y con quienes te rodean... es el momento para empezar a vivir más plenamente... a abrirte a soltar aquello que fue, duela lo que tenga que doler, a abrirte a vivir lo es, y a abrirte a las nuevas experiencias y oportunidades que nos da la vida cada día.

Si no sabes cómo, puedes pedir ayuda... el momento de empezar es AHORA. La vida es lo que está sucediendo AHORA. Tu decides.

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